miércoles 27 de enero de 2010

Ligues de segunda división

No acababa de llegar a la fiesta y saludar a las pocas y esparcidas personas que conocía allí, cuando mi amiga Raquel me recibió con una declaración optimista, en lugar de los habituales ademanes de cortesía.

—Hoy sí vengo con todo— dijo ilusionada con un vaso de plástico en la mano.

Supuse que se refería a ligar o algo parecido, pero antes de poder responderle cualquier cosa, Raquel ya se había perdido en la multitud. Me dio ternura su determinación y ubiqué la barra más cercana para hacerme, también, de un vaso de plástico. Un rato después, volví a verla platicando con un grupo de chavas, al mismo tiempo que examinaba como una depredadora al resto de la concurrencia. En ese momento su amiga Mayte, se paró junto a mí en el bar.

—¿Cómo espera Raque agarrarse a alguien hoy, si está con sus amigas lesbianas?— me preguntó.

—No la juzgues. Tal vez, está ligando— contesté.

—Claro que no. Raque no es gay.

—A mí me dijo que "venía con todo". Tal vez a eso se refería.

—Le gustan los hombres, pero así, no se le va a acercar ninguno— respondió indignada.

Cuando se fue, puse un poco más de atención en las amigas de Raquel. Si alguien me las hubiera presentado, no habría sabido si saludarlas de beso o extenderles la mano, y definitivamente no ayudaban a Raquel en su causa. Sin embargo, en algún momento de la noche, un tipo se armó de valor y abordó a mi muy resguardada amiga. Creo que no habían pasado ni tres minutos cuando el sujeto desistió y abatido, la dejó sola. Finalmente, las amigas de Raquel se despidieron de ella y vino hasta donde estábamos nosotros.

—¿Qué pasó mi Rach? ¿Porqué te despachaste a ese cuate?— le pregunté con curiosidad morbosa.

—Estaba bien feo— respondió, provocando que todos los que estábamos ahí volteáramos a vernos los unos a los otros; Mayte sólo se llevó una mano a la cara, en completa frustración.

Semanas después, en otra fiesta con el mismo grupo, Raquel regresó triunfante a la barra, después de pasearse un buen rato por el recinto que nos albergaba.

—Ya encontré a un güey que me gusta. Mmmm... Está yummy— dijo lasciva.

—¿Quién?— indagó Mayte, recorriendo el lugar con la mirada.

—Ése— señaló Raquel con autoridad.

A diferencia del hombre de la primera fiesta —que era un tipo común y corriente—, el objeto del deseo de mi amiga era, por lo menos, cinco años más joven que ella y parecía un modelo recién desembarcado de algún país de Europa del este. Raquel no es una mujer fea, ni mucho menos, es bajita, muy simpática y agradable, pero sus gustos son un tanto ambiciosos.

—Voy por él— le dijo a Mayte, llena de actitud.

Y así fue. Empezó a pavonearse y a ejecutar pasos de baile que pretendían ser cadenciosos alrededor del muchachito, quien estaba más concentrado en su vaso de whisky, que en el ritual de apareamiento frente a él. Ante la escena, Mayte se llevó, nuevamente, la mano a la cara.

Hay un terminajo en la industria publicitaria que se utiliza para describir las piezas de comunicación cuyo objetivo es hacer al espectador desear algo, que normalmente está fuera del poder adquisitivo: 'aspiracional'. Es el mismo terminajo con el que se pueden describir los gustos y el comportamiento de mi amiga Raquel. Los gringos también tienen un concepto para explicar este tipo de situaciones. Todos los que vimos las películas ochenteras de Emilio Estevez, Demi Moore y Rob Lowe, o series como Salvados por la Campana, Los Años Maravillosos y 90210 estamos familiarizados con el famoso "no está en tu liga", que se repetía una y otra vez cuando rechazaban sentimentalmente a alguno de los personajes. La expresión surge, probablemente, de los deportes; los equipos y participantes son separados y catalogados según su nivel y aptitudes en diferentes ligas, buscando un mismo nivel de competitividad —aunque divertido, resultaría inhumano poner a enfrentarse al Barça contra el Ferro de la segunda división argentina—.

Las ligas son tan subjetivas como ofensivas, pero de alguna forma nos sitúan en una realidad a la hora del cortejo y, en muchos casos, nos protegen de un posible rechazo. Es innegable que vivimos en un mundo superficial, en donde la inmensa mayoría de la gente es juzgada diariamente por su apariencia física, género, origen étnico, orientación sexual y nivel socioecónomico. Tratar de imaginar que en las relaciones románticas esto no pasa, sería muy inocente. Es por eso que las ligas apelan a todo tipo de estereotipos, factores económicos, educativos, raciales y hasta de popularidad. Citando a otra amiga, Ana Elena, “Si es escritor o músico sube dos puntos; pero si es futbolista, diez”.

La existencia de las ligas interpersonales es muy discutible, pero lo que es un hecho, es que mientras más afines seamos a las personas que pretendemos, mayores serán las probabilidades de entablar una relación —lo más sana y satisfactoria posible—. Es nuestra neurosis la que nos hace querer superar deficiencias e inseguridades a través de la pareja, una situación que en definitiva nos aleja del objetivo inicial, que era encontrar a una.

Hoy, Raquel está muy enamorada y, sobretodo, es correspondida por un hombre, bastante carita, que mide unos cinco centímetros menos que ella.

viernes 8 de enero de 2010

Entre porras

Hay un canto que, aunque trágico, ha sabido definir la idiosincrasia de nuestro país. Un canto que se escucha por igual en los estadios de futbol, en los programas de concursos, en los mítines de López Obrador y hasta como lema en la pasada campaña electoral de Barack Obama. Se trata del tan inconfundible, como mediocre: “¡Sí se puede, sí se puede!”. Esta porra, aunque logra su objetivo de dar aliento a quienes está siendo dedicada, intrínsecamente, da por hecho una derrota. Sin embargo, el sentido de este vitoreo cambia cuando se refiere a la escena de música independiente en México, que definitivamente tiene el marcador en contra, desde hace mucho tiempo.

Los últimos años han caracterizado al rock mexicano por un sin fin de fiascos e imitaciones baratas. La oferta musical reciente no podría ser descrita mejor que con el bonito término que nos regaló la Cámara Nacional del Cine, en los comerciales que anteceden las películas: “pidata”. Con la explosión que ha tenido Internet y lo fácil que es descubrir nueva música, los plagiarios nacionales tienen un catálogo entero que fusilar al alcance de su mano. Con cada grupo que aparece en las ondas radiales, pueden identificarse con facilidad sus "influencias" o a quién están copiando. Desde los Dynamite que hacen una terrible parodia de los Strokes y los Editors, hasta los infumables Bunkers —aunque son originarios de Chile, ya se mudaron a nuestro país— que copian hasta el último elemento de las canciones de Franz Ferdinand.

Pero no todo está perdido. Ante nuestra lúgubre realidad, "región 4" y conformista, han aparecido diferentes actos que le dan, apenas, un suspirito de esperanza a la poco original escena musical. Entre ellos destaca el conjunto capitalino Furland, que en diciembre estrenó su segundo álbum, Historia de la Luz. Escuché el primer sencillo del disco, 'Quiero ser un color', en Radio Ibero una mañana cuando manejaba a mi trabajo. Una vez en el estacionamiento, no me bajé del coche hasta que acabó la canción y, cuando pasó, quedé gratamente impresionado. Unos días después, Ricardo, baterista del grupo, me invitó a una presentación que darían en un pequeño bar de la Condesa, el Tokyo Pop. Tenía mucha curiosidad de escuchar el resto del disco, así que me dí una vuelta, libre de expectativas. En este tipo de shows la gente suele poner más atención al barman, que a las piezas que se interpretan en el escenario, pero aquel viernes fue diferente. Furland tocó para apenas unas cuantas personas, pero lo hicieron con la entrega y, sobretodo, la pericia de un grupo sólido y experimentado, seduciendo a cada uno de los que estábamos ahí, a pesar del tamaño del lugar y su pésima arquitectura. Historia de la Luz es una producción buena onda —a cargo de Emmanuel del Real de Café Tacuba—, con un sonido que no remite a ningún grupo en específico, pero que al mismo tiempo, podría ser la obra de cualquier banda grande.

Sin duda la actuación de Furland, y las piezas que componen Historia de la Luz, fueron un alivio este fin de año y fin de década; un destello que aclara el camino por el que las bandas en México deben atreverse a pasar, mientras el resto de nosotros gritamos: “sí se puede, sí se puede”.

Foto Furland en el Tokyo Pop: © Claudia Ochoa

domingo 27 de diciembre de 2009

Los 10 de los '00s

Sin el afán de abuelear, a unos días de que acabe la primera década del nuevo milenio, es imposible no recordar el momento exacto en el que ésta empezó. Yo tenía 22 años, estudiaba economía en la universidad y llevaba poco más de un año con Annie, mi exnovia, con la que duré casi siete años. Fue una temporada en la que el Y2K, y su insulsa amenaza apocalíptica, dominaba todas las conversaciones. El rock sufría una terrible agonía y en mis audífonos, aún conectados a un walkman, sólo se escuchaba Hip-Hop. Pasaba largas temporadas en Seattle —cuna de la escena alternativa, mal llamada grunge—, donde los bares y pubs se veían obligados a vivir de la memoria sonora de épocas pasadas, ya que la ofertas de nuevos y buenos actos era muy limitada. Las grandes transnacionales se habían apropiado de las ondas radiales, programando porquerías de nu-metal y post-grunge como Creed, Limp Bizkit y Candlebox. La nueva década —en lo personal me gusta referirme a ella como la de los "ceros"— llegó y, por fortuna, el rock abrió nuevamente los ojos, después de años de estar en un coma creativo.

Aun cuando hubo un renacimiento de guitarras, pantalones entubados, chamarritas de piel y hasta de los Wayfarers de Ray-Ban, como se puede ver en esta lista, la década se caracterizó por ser muy heterogénea en cuanto a estilos musicales. Los ceros no se definieron por un par de movimientos regionales que dominaron el periodo, sino por muchos y de varios países; además de la inmensa difusión que ahora reciben los artistas a través de Internet y de lo fácil que es escuchar nueva música. A diferencia de otras décadas que tienen un comportamiento cercano a una campana de Gauss, los ceros fluctuaron como un electrocardiograma, lleno de picos y valles. Es así como presento los que fueron para mí, los 10 discos de la década:

10) The Strokes - "Is this it"

La importancia que tuvieron los Strokes en los ceros rebasa por mucho los egos de los cinco músicos que integran la agrupación, y eso que son enormes. Aludiendo a clásicos como Los Stooges o Lou Reed, los neoyorquinos rescataron la esencia desfachatada y fiestera del rock y la incorporaron a las tendencias minimalistas que dictaron en la época. Los Strokes lograron lo que parecía imposible a finales de los noventas. Son probablemente el grupo más emulado y con mayor influencia entre los jóvenes para querer formar una banda. Le devolvieron el glamour a la música, sin sacrificar la diversión. El Is This It es un disco que va al grano, hace su punto y sale sin despedirse. Así de contundente, así de arrogante.

9) Cat Power - "The Greatest"

Sin ser considerado por la crítica como su mejor disco, definitivamente es el más digerible y redondito. Aquí, Chan Marshall cambió las colaboraciones de Eddie Vedder y Dave Grohl, y se rodeó de músicos sureños de soul y blues. En ese sentido, The Greatest es el álbum con el que Marshall regresa a casa, un poco más madura y, sobretodo, más sobria. Hay toda una melancolía detrás que oscila entre la victoria y el bochorno. No es fácil cruzar esa puerta y Cat Power lo hace con singular alegría.


8) Coldplay - "Parachutes"


Cuando se casó mi amigo Ted Sutton, en la recepción bailó con su mujer Yellow. Una selección extraña por llevar, apenas, unas cuantas semanas de ser estrenada en la radio, y que parecía la pieza de un grupo que desaparecería tan rápido como llegó. Sin embargo Parachutes era un buen disco, nostálgico y noble. Pronto descubrí que era el compañero ideal para un viaje en carretera; con el talento de arrullar y cobijar a la mujer de la que estás enamorado, seduciéndola para que recargue su cabeza en ti y dejándose llevar por el momento. Teddy fue un visionario, nadie hubiera dado dos pesos por Coldplay en su boda, ni mucho menos imaginado que sería el grupo que más rápido se convertiría en U2 de la historia.

7) Death Cab for Cutie - "Transatlanticism"

Como tendencia entiendo perfecto al indie. Productores y compañías independientes que utilizan sus propios recursos para realizar proyectos. Sin embargo, como género musical su definición es mucho más ambigua, al igual que lo era el alternativo en los noventas. De los grupos que se desprenden de esta corriente, Death Cab for Cutie es de los pocos que sobrevivirán en los próximos diez años, gracias a una alineación sólida: la producción meticulosa de Chris Walla (también guitarrista); el rigor del bajo de Nick Harmer; Jason McGerr es el baterista que les hacía falta; y el carisma, humor y dirección de Ben Gibbard. Transatlanticism es esencialmente el último álbum "indie" del grupo, y con el que después lograron un lucrativo contrato con Atlantic Records, sin sacrificar su integridad musical. Pero, si ya no están con una disquera independiente, ¿a qué genero pertenecen ahora?

6) OutKast - "Stankonia"

En un momento en el que toda la oferta de música era irrelevante, la escena del "rap" empezó a crecer y a lograr la atención de todo el mundo. Mitigando la rivalidad entre el Este y el Oeste —que ya le había costado la vida a dos de sus principales exponentes, 2Pac y Biggie—, se gestó un nuevo Hip-Hop, más sofisticado e inteligente. En el año 2000 el dueto de Atlanta lanza un álbum musicalmente ambicioso. Stankonia es un lugar donde el funk florece de todos partes y las rimas fluyen como ríos. Es raro ver que personajes tan disímiles como lo son André 3000 (con una tendencia a experimentar con todo tipo de sonidos y secuencias) y Big Boi (un rapero clásico cuyo talento descansa principalmente en su capacidad lírica) se consoliden en semejante fuerza creativa.

5) Radiohead - "In Rainbows"

La verdad es que nunca entendí lo que le pasó a Radiohead después de OK Computer —para mi gusto, el mejor álbum que han hecho—, al grado que perdí total interés en el grupo. Entre su aversión al éxito y ese deseo vehemente por hacer cosas completamente diferentes a las que les había dado de comer, Kid A y Amnesiac —aunque vanguardistas y virtuosos— eran discos se sentían lejanos. In Rainbows logra una reconciliación con el pasado, sin ser retro o vacío de nuevas ideas; además de lo que todos ya sabemos y la forma en la que reinventó la comercialización musical. Pero más allá de su valor histórico, In Rainbows es un auténtico placer para escuchar de principio a fin.

4) The Shins - "Chutes too narrow"


Natalie Portman se equivocó. Los Shins no cambiaron, ni cambiarán, la vida de nadie. Esta declaración, que apareció en una escena de la película Garden State, es uno de los peores estigmas con los que el grupo de Albuquerque tendrá que lidiar. No obstante, sus tres discos son dignos de escucharse, porque son muy buenos discos. Chutes Too Narrow es quizás el más emblemático, en el que no existían mayores pretensiones que las de hacer música fresca y buena onda. Desde el guitarrazo con el que abre la primera canción (Kissing The Lipless), el álbum es un paseo a pie, con una buena plática y la ocasional parada para tomar un latte.

3) The Postal Service - "Give Up"

Si algo caracterizó esta década fue el cambio de formato y la portabilidad que implica ahora el mp3, la masificación del iPod y la parafernalia que gira a su alrededor. Sí, la música se transformó para siempre e In Rainbows es el mejor ejemplo de ello. Pero no hay nada como quitarle el celofán a un disco nuevo, hojear el librillo y dejarlo reproducir completo en el aparato de sonido. Give Up, une lo mejor de los dos mundos. Es un disco que concilia al indie con la electrónica, los beats con los riffs, la voz con las secuencias, lo digital con lo análogo; incluso en su proceso creativo —Jimmy Tamborello le mandaba las pistas en formatos digitales a Ben Gibbard a través del correo tradicional, para que a su vez, él le pusiera la voz y las arreglara—.

2) Arcade Fire - "Funeral"


Hay tanto que decir sobre este disco, que realmente merecería tener su propia entrada. Arcade Fire es un conjunto que hace música por el amor a la misma. Cada pieza es un himno en sí misma. Cada sonido está ahí por una razón y se funde con el resto. Es el disco perfecto para escucharlo en una sentada. Conmueve, emociona y revoluciona. Es, paradójicamente, como nada que se ha escuchado, y al mismo tiempo evoca todo tipo de influencias. Hace muchos años, en alguna reunión familiar que se convirtió en una sesión para escuchar música, mi primo Ricardo se acercó para preguntarme: "Primo, a ti ¿qué te toca el alma?", mientras me ofrecía un estuche lleno de discos. Si hubiera existido Arcade Fire en ese momento, habrían sido mi primera opción.

1) Damien Rice - "O"

Esporádicamente llegan discos a nuestras vidas con la fuerza y precisión de una aguja de tatuar. O es la banda sonora de mi década. Cada canción jugó un papel y acompañó algún momento. Por la forma en la que instrumenta cada corte —de lo íntimo de una guitarra, pasando por el carácter de un cuarteto de cuerdas, hasta la experimentación de copas de vino borrachas chocando—; por la honestidad de las palabras en las letras; por la pericia para producir todo tipo de emociones, Damien Rice creó algo muy parecido a una obra maestra.

jueves 10 de diciembre de 2009

Nostalgia de domingo entre semana

A pesar de sus aires apocalípticos, de esa sensación de que sólo le quedan unas cuantas horas al fin de semana —24, para ser exactos—, el domingo es definitivamente mi día favorito. Es el único de toda la semana en el que se vive una paz que no comparte con ninguno de sus seis compañeros. Hay un contraste maravilloso entre las calles vacías y el movimiento que inunda a las plazas, parques, restaurantes o salas cinematográficas. Es como si existiera un Departamento de la Buena Onda que limpiara, con un camión gigante, a toda esa gente que normalmente abruma las vialidades, y purificara el aire de los claxonazos y las mentadas. Los recorridos tardan sólo el tiempo que deberían tomar, y las distancias cobran sus dimensiones reales. El tiempo se calcula con mayor precisión y volvemos a ser dueños del nuestro. Es un día, como diría mi querido amigo Evelio, para "ejercer la voluntad", en el que da gusto cruzar la ciudad para ver a la familia, o de no quitarse la pijama en lo absoluto, con esa desidia que despiertan las jornadas deportivas. Es el día perfecto para depositarle toda nuestra energía a levantar una cerveza en frente de la televisión, o para desplazarse en dos ruedas. El 'paseo' se redime y desempolva como idea, porque el traslado de un lugar a otro deja de ser una obligación, y tiene como único fin llevarnos a donde queremos ir.

El tiempo no parece transcurrir en domingo. Es condescendiente. La gente no tiene prisa, ni de despertar, ni de llegar. Es el día en el que nos permitimos todo tipo de indulgencias, desde gastronómicas, hasta etílicas —cómo rehusarse a un mezcalito para cerrar la semana—. Es la ocasión ideal para salir a desayunar hotcakes y ponerles mucha miel; para sacar a pasear a nuestras mascotas o, para adoptar alguna. El domingo se lleva bien con las coincidencias y las sorpresas, como cuando una insignificante ida al súper puede resultar —tras un espontáneo desvío por café— en un encuentro con un muy querido amigo y su familia, después de mucho tiempo de no verlo.

Pero es imposible; no se puede ignorar su terrible presagio. Con el pasar de cada hora resuena con mayor fuerza ese sentimiento fatídico, ese recordatorio de que todo está en constante equilibrio, y de que "es demasiado bueno para ser verdad": la inminente llegada del lunes. Es posible que por esta misma razón, —la impotencia y resignación de saber que el fin está cerca—, por la que nos damos permiso de hacer lo que sea. Puede ser, entonces, que el domingo sea, en sí, la mayor enseñanza de vida. ¿Qué pasaría si viviéramos todos los días como vivimos los domingos? Tal vez le sacaríamos un poquito más de jugo a la rutina. A diferencia de lo que piensa el señor Morrisey, ojalá que todos los días fueran domingo.

viernes 27 de noviembre de 2009

Colmillo mata crisis

La respuesta de la industria discográfica ante la recesión más grave que haya sufrido la economía mundial en años, es tan sencilla como ingeniosa. Es una receta que, si se sigue al pie de la letra, puede traer consigo muy buenos dividendos: si usted es bueno en lo que hace y quiere más dinero, échele un telefonazo a sus cuates (siempre y cuando estos gocen del mismo talento, éxito y popularidad que usted) y juntos exploten al máximo el morbo del público, saliendo de gira a cuanta ciudad encuentre en el mapa. No olvide bautizar su nueva agrupación con un nombre astuto y pegajoso. Trate de ser lo más prolífico posible y repita esta receta cuantas veces y a su imaginación se le ocurran nombres astutos y pegajosos.

Si algo ha caracterizado el desenlace de esta década, tiene que ser el resurgimiento de los "supergrupos": una alianza estratégica entre distintos músicos de renombre, concentrados en un solo proyecto, y probablemente Jack White es quien mejor capitaliza este recurso. En el 2005 se juntó con Brendan Benson y la sección rítmica de los Greenhornes (Jack Lawrence en el bajo y Patrick Keeler en la batería) para formar a los Raconteurs, en lo que parecía era un inocente intento por hacer mejor música que la que estaba logrando con su dizque hermana, Meg. ¡Pero no! Todo era parte de su maquiavélico plan para dominar la escena "independiente". Tres años y un fallido disco de los White Stripes después, Jack White volvió a reclutar a músicos famosos para un nuevo conjunto, The Dead Weather, en el que oculto detrás de la batería, White controla como un titiritero macabro a Alison Mosshart (The Kills), Dean Fertita (Queens of the Stone Age) y, nuevamente, a Jack Lawrence. Ambos esfuerzos, aunque bien dotados de aptitudes y recursos musicales, al final del día, resultan monótonos e intrascendentes.

Por desgracia —o fortuna de muchos—, White no es el único en practicar la lucrativa tendencia. Incluso, ésta ya alcanzó a los artistas que presumían de poseer una cierta integridad. Jimmy James (My Morning Jacket) y M. Ward unieron sus fuerzas con Conor Oberst y Mike Mogis de Bright Eyes, nombrando cínicamente a su proyecto 'Monsters of Folk'. Al mismo tiempo, Ward formó un dúo bastante coqueto de música retro (She & Him) con la actriz Zooey Deschanel, y en el que ambos salieron beneficiados. El músico de Portland logró obtener una mayor proyección, mientras que ella entró de puntitas a la escena musical, sin parecer una actriz más que le hace al "juguemos a cantar". Sin embargo, no son únicamente las nuevas generaciones quienes están practicando el supergrupismo. Johnny Marr, el legendario guitarrista de los Smiths, se integró a las filas de Modest Mouse; John Paul Jones de Led Zeppelin junto con dos célebres supergrupistas, Dave Grohl y Josh Homme, conformaron Them Crooked Vultures y, en lo que seguramente es el más exótico de todos los supergrupos, el baterista Bun E. Carlos, de Cheap Trick, se unió con James Iha, de los Smashing Pumpkins, y con uno de los hermanitos Hanson para formar Tinted Windows. Ya sólo falta que Prince se asocie con Ringo Starr, las grabaciones perdidas de Elvis y una beluga.

Lo peor es que en México no nos quedamos atrás, y como se nos da eso de la copiadera, las pseudoestrellas de rock ya formaron también sus supergrupos. Miembros de Fobia, Molotov, Café Tacuba y, por supuesto, Jay de la Cueva (de todos los grupos de rock que hay en el país) integran Los Odio; mientras que Leonardo Di Fobia, Jonás de Plastilina Mosh, el baterista de la Ley —que le llegó a tirar alguna vez la onda a la mamá de mi amiga Claudia Flores—, Poncho de la Lupita y el Vampiro, forman Los Concorde. ¿Qué lograron? Dejar de encabezar festivales con sus respectivos grupos, para ser simples teloneros y tocar en barecitos.

Toda esta promiscuidad musical ha demostrado ser tan rentable, que en nuestro país se expande rápidamente a otras disciplinas como la política, por ejemplo. Enrique Peña Nieto, Emilio Chuayffet y Carlos Salinas ya preparan la nueva producción de su supergrupo, que esperan salga para el 2012. Yo, ante tan apocalíptica visión, espero que la modita pase pronto.

domingo 15 de noviembre de 2009

Nadie dijo que fuera fácil

Cuando suena la alarma de mi celular por las mañanas, la cama se me aferra como una esposa que, fuera de sí, implora a su marido para que no la abandone. Las sábanas y cobijas suben la temperatura haciendo inhóspito el clima fuera de ellas, mientras que las almohadas sostienen mi cabeza y la acurrucan en una delicada envoltura. Es una combinación que tiene un efecto somnífero y hace imposible abrir los ojos. Pero el estruendo del teléfono —cada vez es más fuerte— se une a un factor aún mayor, un factor que puede contra los elementos en la habitación que tratan de retenerme: la responsabilidad, porque todos los días me despierto para ir a trabajar.

De chiquito, algo similar ocurría cuando no quería ir a la escuela; mi mamá me decía que si no lo hacía, me iba a dar una caja de chicles para salir a vender. A mi corta edad, este argumento me parecía sumamente inverosímil. ¿Qué tenía que ver dejar de ir a la escuela, con vender chicles en la calle, cuando yo sólo pedía dormir un poco más? Hoy lo entiendo mejor. Los papás inculcan en sus hijos la idea de que la educación que reciban va a ser determinante para afectar el pronóstico de su vida laboral. Una idea que no está del todo equivocada, pero que está muy lejos de ser absolutamente cierta. Desde muy joven tuve visiones apocalípticas sobre el futuro y el no poder ser dueño de mi tiempo. Primero, doce años de tener que ir a la escuela —pensaba—, después, mínimo cuatro o cinco de universidad (y qué bueno que no quise ser médico) y luego, el resto de tu vida dedicársela a un trabajo. Aún siendo muy joven tenía claro que una de las principales batallas en mi vida iba a ser lograr la autonomía de mi tiempo o, tal vez, nunca me ha gustado tener obligaciones.

En una plática muy apasionada con Christian —quien estaba teniendo broncas con su jefe— pude verbalizar con suma claridad mi concepción del trabajo. A unos días de dicha plática, puedo ver en retrospectiva que más allá de ser una visión pesimista, es bastante escatológica y, de antemano, pido disculpas a quien pueda ofenderse por la misma. En pocas palabras comparaba las relaciones y estructuras de poder laboral con comer popó, y argumentaba que el sistema de remuneración estaba estrechamente relacionado con la cantidad de materia fecal que uno pudiera tolerar. Es decir, para crecer en un trabajo uno tiene que comer mucha popó y mientras más popó esté dispuesto a comer, entonces mayores serán las oportunidades que se presenten. Egos, envidia, acoso, nepotismo, avaricia, ineptitud, chismes, chantajes, atropellos y explotación son solamente algunas de las cosas con las que se tiene que lidiar diario en cualquier oficina, además de desempeñar, claro está, el cargo por el que en teoría nos están pagando.

Las satisfacciones son escasas y los disgustos cosa de todos los días, porque en la misma etimología de ‘trabajo’ está implícito el sufrimiento. La palabra proviene del latín tripalium que significa ‘tres palos’, un instrumento de tortura en el que se amarraba a la gente para ser azotada. De tripalium el sentido derivó a tripaliare o ‘torturar’, y después, trebajo que quiere decir ‘esfuerzo’, ‘sufrimiento’ o ‘sacrificio’ (y todo por unos cuantos pesos). En lo personal son contadas las personas que conozco que han logrado convertir a las cosas que realmente disfrutan hacer en su trabajo. Esas cosas que apasionan, por las que vale la pena pelear y despertar temprano —y con gusto— en las mañanas. Probablemente la cualidad que une a ese selecto grupo que hace lo que quiere, sin importar qué y por disímil que sea, es que tienen las agallas para hacerlo. Mientras eso sucede, la cajita de chicles no suena como una opción tan desfachatada después de todo.

jueves 22 de octubre de 2009

Al pop, "pop"

Por invitación de mi querida amiga Alfonsina, soy parte de un grupo de intercambio de canciones vía correo electrónico. La verdad es que mis contribuciones son tan intermitentes, como las buenas decisiones del gabinete actual, pero aun así trato de siempre escuchar las recomendaciones que los otros miembros mandan y leer los textos introductorios que las acompañan. Hace unos días Alfo envió el sencillo "Joints & Jam", que dio a conocer a los Black Eyed Peas, y originó una breve y pasajera controversia musical. En una nostálgica argumentación, Alfo recordaba el Behind The Front —álbum en el que se hospeda esta pieza y que presentó a unos Black Eyed Peas muy lejanos de como los conocemos actualmente— definiendo su música como "más sencilla, pero con más clase".

En eso tiene razón, pero no por ser más sencilla y tener más clase, es mejor. Siendo un fiel seguidor del Hip-Hop desde hace muchos años (Alfo no me dejará mentir), descubrí a los Black Eyed Peas en el '98, cuando sacaron el ya mencionado Behind The Front. La oferta del grupo en esa época era de tres MCs que se distinguían por diseñar ellos mismos su ropa (muy atípica a los pantalones holgados y las largas cadenas con diamantes a las que nos tienen acostumbrados los raperos) y por ser mejores bailarines que raperos. También estaban respaldados, en lugar de un DJ, por un grupo de músicos en vivo. En lo personal ese disco nunca me encantó, era aburrido y seguía esa mala constante de ser un material con un par de buenos sencillos, a lo mucho. Además nunca encajaron realmente en la escena Hip-Hopera de finales de los noventa —tras las muertes de Tupac Shakur y Notorious B.I.G., la rivalidad Este-Oeste se encontraba diluida—, en el momento dominada por el Dirty-South (Ludacris, Trick Daddy, etc.) y el sonido más inteligente de artistas como Mos Def, Common, Q-Tip, The Roots y Talib Kweli.

Después de dos discos fallidos, la evolución de los Peas hacia terrenos más poperos fue muy natural. Probablemente el principal ingrediente de su transformación fue agregar a Fergie —una rubia voluptuosa de vientre delineado, que se encarga de los coros en las canciones— a la alineación y hacer de Taboo y Apl.de.ap meros bailarines y coristas; algo así como los que tenía Caló cuando cantaban "Capitán". Lo suyo siempre han sido las masas y de hecho, creo que el trabajo que hacen hacia ese sentido es mejor que el que en teoría era más alternativo. Incluso, el aligerar su música fue uno de los factores que los trajo a México por primera vez, siendo uno de los primeros actos de "Hip-Hop" que llegó al país. Desde su "Where is the love?" hasta su nueva rola "I've Got a Feeling" —una canción que ya ni siquiera tiene rimas de rap en su estructura, pero que es imposible no mover, al menos, un piececito cuando suena— los Peas aceptaron quienes eran, y en consecuencia les ha ido muy bien. Definitivamente no es música profunda, ni va a trascender en nada (ni siquiera como música bailable), pero tampoco pretende serlo. Es una frivolidad honesta.

Los fresas siempre serán fresas, porque a la fuerza, ni los zapatos entran.