jueves 22 de octubre de 2009

Al pop, "pop"

Por invitación de mi querida amiga Alfonsina, soy parte de un grupo de intercambio de canciones vía correo electrónico. La verdad es que mis contribuciones son tan intermitentes, como las buenas decisiones del gabinete actual, pero aun así trato de siempre escuchar las recomendaciones que los otros miembros mandan y leer los textos introductorios que las acompañan. Hace unos días Alfo envió el sencillo "Joints & Jam", que dio a conocer a los Black Eyed Peas, y originó una breve y pasajera controversia musical. En una nostálgica argumentación, Alfo recordaba el Behind The Front —álbum en el que se hospeda esta pieza y que presentó a unos Black Eyed Peas muy lejanos de como los conocemos actualmente— definiendo su música como "más sencilla, pero con más clase".

En eso tiene razón, pero no por ser más sencilla y tener más clase, es mejor. Siendo un fiel seguidor del Hip-Hop desde hace muchos años (Alfo no me dejará mentir), descubrí a los Black Eyed Peas en el '98, cuando sacaron el ya mencionado Behind The Front. La oferta del grupo en esa época era de tres MCs que se distinguían por diseñar ellos mismos su ropa (muy atípica a los pantalones holgados y las largas cadenas con diamantes a las que nos tienen acostumbrados los raperos) y por ser mejores bailarines que raperos. También estaban respaldados, en lugar de un DJ, por un grupo de músicos en vivo. En lo personal ese disco nunca me encantó, era aburrido y seguía esa mala constante de ser un material con un par de buenos sencillos, a lo mucho. Además nunca encajaron realmente en la escena Hip-Hopera de finales de los noventa —tras las muertes de Tupac Shakur y Notorious B.I.G., la rivalidad Este-Oeste se encontraba diluida—, en el momento dominada por el Dirty-South (Ludacris, Trick Daddy, etc.) y el sonido más inteligente de artistas como Mos Def, Common, Q-Tip, The Roots y Talib Kweli.

Después de dos discos fallidos, la evolución de los Peas hacia terrenos más poperos fue muy natural. Probablemente el principal ingrediente de su transformación fue agregar a Fergie —una rubia voluptuosa de vientre delineado, que se encarga de los coros en las canciones— a la alineación y hacer de Taboo y Apl.de.ap meros bailarines y coristas; algo así como los que tenía Caló cuando cantaban "Capitán". Lo suyo siempre han sido las masas y de hecho, creo que el trabajo que hacen hacia ese sentido es mejor que el que en teoría era más alternativo. Incluso, el aligerar su música fue uno de los factores que los trajo a México por primera vez, siendo uno de los primeros actos de "Hip-Hop" que llegó al país. Desde su "Where is the love?" hasta su nueva rola "I've Got a Feeling" —una canción que ya ni siquiera tiene rimas de rap en su estructura, pero que es imposible no mover, al menos, un piececito cuando suena— los Peas aceptaron quienes eran, y en consecuencia les ha ido muy bien. Definitivamente no es música profunda, ni va a trascender en nada (ni siquiera como música bailable), pero tampoco pretende serlo. Es una frivolidad honesta.

Los fresas siempre serán fresas, porque a la fuerza, ni los zapatos entran.

martes 4 de agosto de 2009

Nomadismo

Hace unas cuantas noches abrí los ojos en plena madrugada y, aún entre sueños, me metí un pinche susto al ver una figura no identificada descansando en la pared. Entraba por la ventana un débil reflejo del farol de la calle, que apenas iluminaba un gran rectángulo negro. El objeto inerte ocupaba justo el espacio donde normalmente hay un escritorio. Sin despertar por completo, y todavía inquieto, fijé mi atención sobre la extraña silueta para descubrir, por fin, que era la puerta de la habitación. Para ser exactos, la puerta de la habitación de mi nuevo departamento. Sentí una tranquilidad inmediata, obligando a mi cuerpo a sucumbir nuevamente ante el sueño.

Tras una mudanza, es cuestión de tiempo para que estos episodios de desubicación espacial ocurran con menos frecuencia. También es cuestión de tiempo acostumbrarse a los ruidos y olores nuevos, a dejar de vivir en un departamento "interior" y hacerlo en uno "exterior", a todos los desperfectos que aparecen uno tras otro, o al ejército de choferes del valet parking del restaurante de la esquina, que tiene secuestrados los lugares para estacionarse en la calle. En teoría, es sólo cuestión de tiempo para que un inmueble de uso habitacional se convierta en un hogar.

–¿Te has puesto a pensar lo difícil que es elegir el primer mueble de tu casa?– me preguntó Chris el otro día–. A partir de ese primer mueble, depende el resto de tu decoración; de todos los colores y los estilos. Ese primer mueble es una de las decisiones más difíciles que puedes tomar.

Chris, la única diseñadora industrial en Latinoamérica para la empresa transnacional donde trabaja, tiene razón. Los objetos que colgamos, sus colores y los detalles que visten un espacio son el primer paso para apropiarnos del sitio en el que vivimos. Pero sólo el primer paso. Para lograrlo en su totalidad es esencial tener algo que no venden en Home Depot, en Ikea, ni mucho menos en su fusil "tropicalizado", la Idea Interior. Es un elemento que hace falta para que cualquier buena relación –romántica, fraternal o laboral– funcione. Para hacer de una vivienda un hogar se necesita química. Por lo mismo, si hay algo más difícil que formar un hogar, es dejarlo.

Hace poco más de un mes tuve que despedirme del mío. Era un departamento relativamente grande, rodeado de ventanas que bañaban de luz hasta el último rincón. Los muros eran robustos y los techos de doble altura. Tenía dos habitaciones con personalidades de mellizos: cada una era diferente y, a la vez, complementaria a la de su hermano. En la que yo dormía había una ventana grande y un baño modesto, mientras que la otra era más oscura, pero con un baño más joto (tenía tina) y un clóset de blancos. Al entrar, la duela antigua era la encargada de dar la bienvenida y acompañar cada paso con sus crujidos. Por su reducido tamaño, la cocina podía hospedar a un par de personas con dificultad, pero fue testigo de varias creaciones culinarias restringidas por los intermitentes ingredientes dentro del refrigerador.

Geográficamente no podía ser mejor. Mi departamento estaba en un edificio de tres plantas con acabados en mármol en el corazón de la colonia Nápoles. Insurgentes me quedaba a media cuadra, Patriotismo a unas cinco, el distribuidor vial a tres, la Condesa a diez minutos caminando y Polanco también a diez, pero en auto. Alrededor de la manzana tenía absolutamente todo lo que podía pedir: un bar –que perteneció por varios meses a mi amigo Matu, hasta que se lo despojaron los dueños del local, para ellos quedarse con las utilidades del negocio–; un Blockbuster; un Extra y varias "tienditas" o misceláneas; un parque, un vendedor de esquites en la esquina de ese parque y un restaurante chino y una pizzería casera en la contraesquina de ese mismo parque; cerrajerías; lavanderías; cafecitos; hamburguesas y hasta un cine a sólo una estación de Metrobus de distancia. Además, entre los vecinos se vivía un ambiente realmente cosmopolita. En el Superama, que también estaba a escasas dos cuadras y que abría las 24 horas del día, se podían escuchar en las filas para pagar todo tipo de acentos. Era una delicia vivir ahí.

La realidad es que el departamento que dejé era demasiado caro para una persona sola, al menos para este pobre publicista –que sacrificó buenos sueldos por poder ir a trabajar en tennis (y que al final del día tampoco es la gran cosa)–, por lo que durante los dos años que viví ahí, lo compartí. El primero fue con Fernanda, una brasileña que conocí en el trabajo y que después de un año de vivir conmigo acabó odiándome más que a las tortillas de maíz (y en serio que le daban asco). Después se mudó Griss, quien tuvo que dejar el departamento antes de tiempo por dar a luz a una pequeña bebé que nació hace unos meses. Por varios meses hurgué hasta en los sitios más recónditos para encontrar un compañero de piso, terminé despidiéndome del departamento número siete, de mi edificio.

No creo que nadie se cambie de casa por gusto, y menos después de la chinga que representa una mudanza. Más bien, esta decisión se toma al estar frente a frente con una buena oportunidad –como encontrar un lugar más amplio, tener acceso a un espacio de estacionamiento, mejorar la ubicación– o porque vivir ahí es aún más insoportable –por plagas, conserjes, vecinos o roomates nefastos– que el acto en sí de mudarse. También puede ser que, como me sucedió a mí, los ingresos no sean suficientes. Hoy, lo único que me queda es esperar a que el tiempo haga de las suyas para que mi nuevo hábitat –uno mucho más modesto y con menos onda que el anterior– y yo, nos acostumbremos, nos gustemos y sintamos cariño el uno por el otro. Porque vamos a estar, por lo menos, un año juntos.

jueves 2 de julio de 2009

Colita que pisar

Durante la comida de hace unos días, en medio de un abrumador ataque de gripa, discutía con mi madre sobre el escepticismo, la manipulación de la información, las versiones oficiales y hasta de nuestro sistema de creencias individuales. Todas estas divergencias giraban alrededor de un tema, que por su relevancia, había acaparado la atención de todos los medios en los últimos días. Por supuesto no se trataba de las elecciones del pasado cinco de julio, ni de cómo, a pesar de la victoria abrumadora del PRI, por fin, nos libraremos del martirio que han significado las campañas electorales; desde los tiempos del IFE en televisión —que sólo lograron generar una apatía generalizada en la población—, hasta los desconocidos candidatos que adornan las calles con sus desfigurados semblantes y frases hechas como: "atrévete a cambiar", "juntos por la educación" o, mi favorita, la del candidato por el PRI para jefe delegacional de Miguel Hidalgo, "Seguridad o renuncio". El tema central de nuestra plática era la repentina muerte de Michael Jackson.

Ese jueves, había regresado a casa temprano, después de provocar auténtico terror entre algunos de mis colegas de trabajo por mi catarro, dejando claro que después de la influenza, un estornudo no volverá a ser el mismo. Comí algo rápido y me dormí un par de horas. Al despertar, me senté en la computadora para ver si se había ofrecido algo, y lo que encuentro es el sobrenombre de messenger de una amiga que leía, "nomás uno regresa y se muere Farrah y Michael". Sabiendo la condición médica del ícono sexual de los setentas, mi curiosidad se volcó al "Michael" fallecido. Por mi cabeza pasaron apellidos de la talla de Douglas, Jordan y Phelps, pero sin lugar a dudas el de Jackson, fue el que más sentido me hizo. Encontré una noticia de una repetidora local de la ABC, que confirmaba la muerte de autoproclamado Rey del Pop. Recorrí varios sitios y todos los encabezados decían exactamente lo mismo.

Una serie de especulaciones empezaron a llegar a mí, como si el asunto se tratara de seguridad nacional, o algo así. Mi primera reacción fue bastante peculiar. Está fingiendo su muerte para revivir su carrera, pensé. Hendrix, Lennon, Cobain y hasta Selena, son claros ejemplos de lo redituable que puede resultar morirse; y si a alguien "necesitaba" de este artificios para mejorar su situación, era Jackson. Me lo imaginé haciendo tributo al pasado mes de abril en México, usando un bonito tapabocas mientras se acostumbraba a su nueva casa de playa en Bora Bora, lugar que lo hospedaría mientras pasaba la conmoción de su deceso. Mi segunda hipótesis, una ligeramente más creíble, era el suicidio. El hombre estaba mal, física y mentalmente. Llevaba años tapando escándalos y no era difícil imaginar que decidiera acabar con su vida, que aunque a simplemente vista parecía bañada en éxito, no encuentro otra palabra para describirla que miserable. Finalmente, la más ridícula de todas mis suposiciones fue una que surgió después de terminar de leer las primeras notas que emergían de la red, piezas que hablaban sobre el intenso estrés y desgaste físico al que estaba sometido Jackson antes de su gira —absolutamente vendida— por Inglaterra. Creí lo que las versiones oficiales manifestaban hasta el momento, un ataque cardiaco durante un ensayo. No por tratarse de Michael Jackson, su muerte tenía que ser tan estrafalaria como él. Al final del día era un hombre de cincuenta años estirando los límites de su cuerpo, tratando de recuperar la gloria perdida.

Esa noche, Fernando Rivera Calderón le dedicó su programa de radio, compartiendo anécdotas y, sobretodo, la música del cantante. Al volver a escuchar su obra, se vuelve irrelevante su estilo de vida, las acusaciones en su contra (ciertas o no), en qué malgastaba su dinero (comprar los huesos del "hombre elefante" y tener su propio parque de diversiones) o bien, si le puso "Mantita" a su primogénito (o peor aún, pensar en cómo fueron concebidas esas criaturas). El genio de Jackson es innegable. Sin embargo, hoy alcancé a ver el final de su tributo póstumo por televisión. Además de sus familiares y amigos, desfilaron por el Staples Center de Los Ángeles un sin fin de reverendos, políticos y oportunistas, que más allá de la música, hablaban de la calidad humana del artista. De cómo rompió y abrió brechas a los afroamericanos, incluso uno se atrevió a decir que gracias a Michael Jackson y su interminable lucha por la equidad racial, Barack Obama había llegado a la presidencia de los Estados Unidos. Hasta hoy, en la industria musical, nadie ha vendido más de 750 millones de discos (y probablemente nadie lo vuelva hacer, porque ya no se venden discos), nadie tenía esa facilidad para hacer éxitos, nadie había puesto a bailar así al mundo; pero esa misma persona es la que se sometía a cirugías y tratamientos para dejar de aparentar lo que era en realidad, un afroamericano. Jackson odiaba ser negro, odiaba sus orígenes y las cosas que vivió de niño. Quería alejarse tanto de la realidad que terminó lográndolo, convirtiéndose en un monstruo. Un engendro asexual, con gustos que difícilmente generen admiración. Dos días antes de morir se podía ver a Jackson ensayar para su nueva gira, con el ideal de revivir su carrera, lo único que había hecho bien. Al final, sin importar cómo, lo logró, y merece descansar en paz.

sábado 23 de mayo de 2009

Caprichos sonoros

Si mi yo de 15 años me escuchara decir esto, probablemente se ofendería tanto conmigo, que me quitaría el habla por los próximos 17 años; pero es que cada vez odio más manejar. Sobretodo detesto los trayectos largos. Los sueños de estar detrás de un volante, de mi yo de 15 años, jamás contemplaron la impotencia en el movimiento que significa el tráfico. Las horas perdidas y el estrés de no poder calcular el tiempo del recorrido. Sin embargo, hay un cable negro en mi coche que enlaza, casi religiosamente, a dos objetos esenciales para que mis viajes sean menos tediosos. Es el cable negro que conecta el estéreo con el iPod. Esa unión, aunque sencilla, produce un auténtico milagro en cuanto a entretenimiento móvil.

La semana pasada, conducía a mi trabajo con buen tiempo —una condición necesaria para disfrutar cualquier cosa a esa hora—, por lo que seleccioné la función que toca aleatoriamente todas las canciones del reproductor. El resultado fue una lista tan selecta y delicada, como si hubiera sido elegida meticulosamente por un ser humano con muy buen gusto. Conforme transcurría la selección, me imaginaba que dentro del aparato vivía un pequeño terodáctilo (como en los Picapiedra), que con unos diminutos audífonos descansando en su cabeza, elegía una por una las piezas que conformaban el repertorio, mientras decía viendo a la cámara: "Estos humanos son tan fáciles de complacer". Así fueron sonando en orden de aparición: One more time de The Cure; Mi Agüita Amarilla de los Los Toreros Muertos; The Sweater Song de Weezer; Leave me alone de Razorlight; Shiver de Coldplay; Remedy de los Black Crowes; Fake Tales of San Francisco de los sobrevaloradísimos Arctic Monkeys; Here We Go Again de los Hives; Life on Mars de Bowie; Dig for Fire de los Pixies y a unas cuadras antes de llegar a mi oficina, la devastadora Lost Cause de Beck.

Este concierto fue cortesía de la aleatoriedad de un momento, pero como fue algo muy disfrutable, sincronizado y afortunado, pudo haber sido todo un desastre. Es por eso que cuando sé que tengo que estar un buen rato en el auto, cuando tengo que enfrentar la realidad de ese enclaustramiento obligatorio, acudo a la siempre certera compañía de Steve Jones. Sí, el mismo Steve Jones, guitarra del Never Mind the Bollocks, Here's the Sex Pistols, el único disco de la legendaria banda de punk, y que hoy tiene uno de los programas más escuchados en Los Ángeles. La primera vez que oí Jonsey's Jukebox, fue hace cerca de dos años, cuando acababa de descubrir los podcasts y me había suscrito a los de Indie 103.1. En medio de uno de esos embotellamientos que caracterizan la Ciudad de México, me acuerdo que elegí uno al azar, e inmediatamente sonó una voz ronca y pausada de acento cockney, que presentaba a Adam Sandler, después de las formalidades típicas de la radio como decir la hora y hablar brevemente del clima. El formato del programa era tan libre, que el comediante acabó entrevistando al propio Jones. Lo cuestionaba con la inocencia de un fan, pero con la seguridad de alguien que tiene más dinero en su cuenta de banco. Era casi como escuchar detrás de una pared la conversación de dos buenos amigos, que sin saberlo habían trascendido de formas radicalmente opuestas en la industria del entretenimiento.

Jones no tiene ningún tipo de reserva para restregarle a sus invitados que forma parte de los Sex Pistols, bromear sobre su superada adicción a la heroína, contar que fue sometido a una colonoscopia o dejarse adular por los panelistas de los viernes —día en el que invita temáticamente a individuos para discutir y calificar nueva música. Aunque parece lento y disperso, sus comentarios son todo lo contrario: ácidos y certeros. Hay todo un lenguaje secreto que define su show, como decir que inicia a las "doce campanadas", que va a "visitar al duque" para mandar a comerciales o calificar las malas canciones como "pantalones" y las buenas con "mostaza" (y todos los derivados como "pantalones cortos con una mancha de mostaza French's"), términos que pueden confundir incluso a sus compatriotas británicos. Y luego está la música. Uno pensaría que el pionero del punk tendría gustos segmentados en cuanto a este tema se refiere, pero la selección de Jonsey es una de las más eclécticas y refinadas que existen. Desde motown hasta rock progresivo, clásicos y piezas recién grabadas, él las conoce todas. Pero lo mejor es cuando tiene algún músico —o no— invitado y juntos se echan un palomazo. Jones tiene la facilidad de mejorar cualquier tema con su guitarra, aun sin conocerlo de antemano. Entra en el momento preciso, echa un solo que puede ser tan sutil como catártico.

Mientras los podcasts de Jonsey's Jukebox se puedan seguir bajando, mientras Steve Jones siga al aire, no habrá recorrido en mi coche que sea lo suficientemente largo. Gracias, Jonsey.

miércoles 6 de mayo de 2009

Es el fin del mundo (pero me siento bien)

Esta entrada la empecé a escribir hace un par de semanas. Quería restablecer un cierto orden y continuidad en mi blog. Mi intención original era darle una repasadita al tema de la crisis económica. Iba a iniciar con la definición de la RAE de "apechugar", que por cierto lee: "cargar con alguna obligación o circunstancia ingrata o no deseada". De ésta, la palabra clave es "ingrata", una que de forma estrecha, se puede asociar con los tiempos que estamos viviendo. Cuando redactaba las primeras líneas de este inocente post, nadie tenía idea de lo que se avecinaría en los siguientes días y, definitivamente, de lo mucho que íbamos a apechugar.

Al principio eran simples los rumores que, de boca en boca y siempre acompañados de algún chiste, recorrían la ciudad, pero pronto cobraron aires apocalípticos. Las noticias llegaban como si las estuviera narrando Orson Wells en 1938. Una ansiedad colectiva invadió todas las conversaciones, desde aquellos que, como yo, pensaban que todo era una cortina de humo mediática, y los que creían que era el fin de la humanidad, apoyados de cifras alarmistas. Al principio los hábitos no cambiaron mucho. Aún bañado en trabajo, el sábado por la tarde le caí a Evelio y a su asesor de tesis para comer en el Non Solo Pasta de la Roma. Más tarde nos alcanzó Anabel y todo parecía normal, sin embargo la escena era desoladora. Prácticamente no había comensales en el salón y aún menos personas en la calle, además que era difícil evadir el tema en la plática. Los días pasaron y poco a poco, hasta los más escépticos cubrimos nuestros rostros con tapabocas de fieltro.

Se cancelaron las escuelas y los trabajos debían desempeñarse en casa. Se suspendieron los conciertos y cerraron cines y teatros; les siguieron los restaurantes y los centros comerciales. Los partidos de fútbol en la capital se jugaron libres de aficionados, y la jornada siguiente, lo mismo sucedió en el resto del país. Blockbuster aumentó sus ganancias un 40%, pero les duró poco el gusto, porque pronto tuvieron que dejar de operar como resto. La ciudad estaba transformada en un pueblucho fantasma y, por si fuera poco, en uno de los días más álgidos, tembló

Los números oficiales fueron un auténtico carnaval. La especulación de los noticieros anunciaba que eran miles los infectados por la nueva cepa de influenza y aún más escandalosos eran los pronósticos de las defunciones. Uno a uno se iluminaron en el mapa los países que se sumaban a la inminente pandemia. Mientras tanto, en la ciudad, parecía que era cuestión de horas para que nos alcanzara a todos. Hasta que un día, a media semana, apareció el Secretario de Salud, anunciando que de los ciento y pico de decesos cuantificados en las últimas horas, sólo siete habían sido causados por el virus. Hoy, México sufre de marginación y rechazo de otras naciones, hay perdidas multimillonarias en cientos de industrias (menos la del tapabocas) por el cierre total de sus actividades y los enfermos, los que sí se contagiaron no llegan a mil y los muertos a cincuenta.

La influenza se irá, pero la crisis económica que deambulaba por el mundo antes de la epidemia, se acentuará. Por eso, es tiempo para la indulgencia, para la banalidad y para el romance. Durante una crisis se come más chocolate, se hace más el amor, se beben más cervezas y se baila como si la Tierra no girara. En tiempos de crisis el pensamiento tiene límites, el cansancio llega pronto y la remuneración se demora. Es cuando cosas como el fútbol, o cualquier otro deporte, cobran mayor relevancia. Como el fenómeno que acaba de causar el clásico español, Real Madrid contra Barcelona, o las semifinales de la Champions. Incluso, hace unos días me sorprendí por lo divertido que son los juegos de la MLS y hasta los de Primera A. Entretenimiento simple y puro. En tiempos de crisis debemos maximizar los placeres al menor costo. Vienen tiempos de mucho apechugar, de apechugarnos los unos con los otros.

miércoles 8 de abril de 2009

S.O.S.

Este espacio ha sido tomado. Profanado, básicamente. Siento coraje —como la absurda campaña del Partido Verde que hace poco se esparció por diferentes medios— tras el secuestro de mi blog y otras actividades recreativas. Mi cara se ha delineado y los pantalones me quedan grandes. Yo se lo atribuyo a la desaparición de mis frecuentes ingestas alcóholicas y la forma en la que sedaban la rutina. El agotamiento es tal, que llevo más de dos meses tratando de acabar Life & Times of Michael K de Coetzee. Regresó la hipocondría y trajo con ella a las contracturas musculares.

A principios de año fui asaltado por una carga desmesurada de trabajo, que no sólo me ha impedido escribir, tampoco me permite ir al súper o llevar a cabo las actividades más corrientes. Ni siquiera tengo tiempo para sentarme a leer otros blogs. La verdad es que me tomó por sorpresa. Ahora, mi vida es gobernada por jornadas laborales de más de trece horas. Me despierto más temprano y me acuesto más tarde. Mis hábitos han dejado de ser tales y se han convertido en sus antónimos, cualquiera que estos sean. Los extraño. Me extraño.

Lo peor de todo no es lo que estoy dejando de hacer, o el tiempo que paso desempeñando mi trabajo. Lo que está realmente mal, es el fruto de éste. Hay una enorme diferencia entre satisfacer necesidades y crearlas. Después de proyectos maratónicos, de la alienación de los amigos y la privación del sueño, al final del día, el producto de todo ese sacrificio es tan efímero, que lo único que logra es matarnos un poquito.

Siempre me propuse escribir una entrada corta, al menos esta vez lo logré.

viernes 30 de enero de 2009

Cuatro semanas

La llamada a mi celular me tomó por sorpresa. Tenía la mente en blanco y la mirada fija en el interior de mi mochila, tratando de recordar qué era lo que estaba buscando, cuando lo escuché. Han de haber sido alrededor de las doce del día, momento en el que el hambre y la desidia no suelen dejarme trabajar en paz. Volteé el aparato que vibraba sobre el escritorio y leí en la carátula que era mi mamá. Haciendo todo lo posible por mantener la calma, me informó que era inminente internar a mi papá. Acababa de colgar con el médico después de recibir los resultados de las pruebas de sangre, que le había mandado a hacer un par de horas antes, dado su progresivo deterioro físico.

—No saben exactamente lo que tiene. Parece que es una obstrucción en las vías biliares.
—¿Qué es eso? Es del hígado ¿no?— pregunté muy nervioso por las connotaciones que puede tener la palabra ‘obstrucción’.
—El doctor me dijo: «Está muy grave, señora»— repitió mi mamá, haciendo énfasis en el superlativo—, tenemos que esperar a las tomografías, pero se ve mal.

Me dejé caer en mi silla para escuchar el relato de mi madre que, de repente, interrumpió mi papá, para darme un recado. Quería encargarme una bata de baño nueva y una novela de aventuras. Cuando indagué más sobre el género de la encomienda, mi mamá, atareada por dejar lista la maleta, me pasó a mi padre. «Algo de aventuras, como el "Capitán Alatriste", que sea fácil de leer, porque no sé cuánto tiempo voy a estar en el hospital», pidió con lucidez, pero con una voz muy débil, que se apagaba antes de terminar las oraciones, casi como un silbido. Cuando colgué era cerca de la una de la tarde. Salí disparado de mi oficina, con la cabeza llena de pensamientos turbios. Lloré como un niño chiquito todo el camino para recoger a mi hermana, quien ya me esperaba en el acceso de su edificio. A diferencia de mí, se veía entera, un poco seria, pero sin mostrar un ápice de preocupación.

—¿Tienes gripa?— me preguntó cuando subió al coche.

Después de comer fuimos al centro comercial de Santa Fe. En el Péndulo, tras una certera recomendación del encargado —un tipo sabio de barba crecida y escasa cabellera, de quien prácticamente me despedí de abrazo—, compré Capitán de Mar y Tierra de Patrick O’Brian, mientras mi hermana se encargaba de la bata. Satisfechos con nuestras compras emprendimos el largo camino hacia el sur. Hicimos una escala en casa de mis papás para dejar un coche y agarrar algunas cosas. Mientras yo iba al baño, sonó el teléfono. Cuando salí, mi hermana escuchaba con atención lo que mi madre le decía a través del auricular. Sin voltear a verme estiró un brazo y levantó su dedo pulgar hacia el techo. Sin entender exactamente cuáles, supe que eran buenas noticias.

—No es cáncer— susurró dirigiéndose a mí, tapando la bocina para no interrumpir a mi madre. Sentí como, con esas tres palabras, mi cuerpo se liberaba de una terrible opresión.

La impresión al llegar al hospital fue más surrealista que desgarradora. Su aspecto era terrible, había envejecido diez años en sólo cuatro días; toda su piel, desde la calvita hasta la última arruga, estaba teñida de un color intenso, que mi madre no pudo describir mejor: «amarillo Simpson». Su habitación estaba en el sexto piso del inmueble —prestación a la que tenía derecho mi padre, por ser médico de ahí—, una planta que remodelaron a principios de los años noventa, cuando se puso de moda entre personajuchos del medio farandulero, pseudocelebridades, que no querían mezclarse con el resto de los pacientes. De hecho, en esa época una leyenda urbana decía que Luis Miguel tenía una habitación permanente ahí, para desintoxicarse cada vez que visitaba México. La iluminación era tenue y hacía juego con los pisos de mármol negro con acentos verdes y unas figurillas espantosas, como las que se venden en la sección de regalos del Palacio de Hierro. Parecía el interior de una casa en el Pedregal en 1988. La atención, en teoría, debía haber sido mejor que en los otros niveles, pero teníamos que tocar el timbre varias veces para que alguna señorita lo atendiera. Durante esos días una auténtica convención de especialistas se dio cita en la habitación; desfilaban con arrogancia, pavoneando sus batas blancas, mientras las enfermeras hacían todo el trabajo sucio —literalmente. Cada uno era invocado por otro, como deidades mitológicas para funciones específicas, pero en lugar de fertilidad, abundancia o condiciones climáticas para una mejor cosecha, el hematólogo, gastroenterólogo, cardiólogo, hepatólogo, los residentes, cirujanos, la nutrióloga e infectólogo se pasaban la bolita, tenían pequeñas riñas de poder y planeaban sus vacaciones, mientras mi padre los veía frustrado, con unos ojos en los que el ámbar había sustituido al blanco.

Los diagnósticos dieron varias oscilaciones entre cosas terminales e infecciones pinchurrientas, pero lo que era una realidad es que mi papá, cada vez, lucía peor. Pronto resolvieron que tenían que hacerle una endoscopia, pero para esto, necesitaban un donador de plaquetas. En el laboratorio nos rechazaron a mi mamá (por haber tomado medicamentos) a mi hermana y cuñado (ambos por el grosor de sus venas) y a mí (por mi «estilo de vida promiscuo» y haber tenido más de una pareja sexual en el año). Por fin encontraron a mi primo el cardiólogo, un hombre ejemplar para los altos estándares del banco de sangre: esposo y padre de dos. Él, a su vez, nos explicó lo extenuante del procedimiento de este tipo de donación, por lo que quedamos en deuda con él. Los días siguientes fueron probablemente los más difíciles. La endoscopia duró más de tres horas y tuvo que ser interrumpida porque el corazón de mi papá estuvo a punto de ceder. Su estado era crítico. Por dos semanas se dedicaron a fortalecerlo, querían prepararlo para una futura cirugía en la que le quitarían su destruida vesícula.

Empezaron las guardias nocturnas, por las que tuve que faltar un par de veces a a la oficina. Las vacaciones de invierno estaban a menos de una semana y mi ausencia no tuvo mayores implicaciones. A diferencia de los días, las noches en el hospital eran pacíficas, por lo menos entre las doce y las cinco de la mañana, en las que las intermitentes visitas de las enfermeras eran menos frecuentes y cuando lo hacían, entraban sin encender la luz, sigilosas como enormes ratones blancos, revisaban las máquinas y salían sin hacer el menor ruido. Yo pasaba ese tiempo en vela, aprovechando la calma para leer y escribir un poco. Me alumbraba con la luz tenue de una lamparita que tenía que estar acomodando, para seguir las líneas de mi libro de Auster. A esas horas sólo se escuchaba el gorgoteo de la bomba que dosificaba los medicamentos y el alimento a mi padre, que dormía apaleado por todos los estudios que le practicaban durante el día.

—Hijo, ¿puedes ver que trajeron?— me preguntó una mañana, ilusionado después de ver salir al hombre de la «dieta».
—Dos vasos de agua, pa— contesté. Por su expresión pude ver que era una de las peores noticias que le habían dado hasta el momento. Bajó la mirada y empezó a darle vueltas a su mascarilla de oxígeno como un niño aburrido. Le ofrecí prender la televisión o pasarle su libro, pero rechazó las propuestas. Llevaba más de cinco días sin probar alimento, sin experimentar un sabor en su boca. Le daban de comer a través de una sonda que entraba por su nariz y bajaba hasta el estómago.

Quizá la segunda persona, después de mi padre, que más resintió todo este calvario, fue mi mamá. Sus jornadas eran maratónicas. Fue la que más tiempo estuvo en el hospital, además de encargarse de sus ocupaciones habituales. Incluso preparó una modesta cena las noches del 24 y el 31, no sólo para nosotros, sino para el staff del piso. De no haber sido por ella, las celebraciones de Navidad y Año Nuevo hubieran pasado desapercibidas. Estábamos agotados y desmoralizados, y es que hay edificaciones que están cargadas de ciertas emociones por naturaleza. Los aeropuertos, por ejemplo, son lugares nostálgicos, uno está rodeado de despedidas y reencuentros, de los que esperan y de los que se van. En los hospitales, en cambio, sólo hay angustia. Es ver a alguien que quieres en un estado de absoluta vulnerabilidad, en los momentos más patéticos y dolorosos. Es verlo con un eterno cableado que penetra su piel, dejando a su paso moretones y llagas.

Para la tercera semana el cirujano hizo un paréntesis en sus vacaciones y la operación llegó. De repente parecía que la decisión se tomó en base a una agenda y no a los análisis de sangre —que le practicaban diariamente a las cinco de la mañana. La intervención fue difícil, larga y, de boca del propio equipo médico, todo un reto; en cambio, la recuperación fue rápida y exponencial. Todos los días mi papá recuperaba una habilidad: caminar, masticar, ir solo al baño. Cada vez había un cablecito menos en su cuerpo, hasta que por fin, una semana después, la mañana del primer lunes del 2009, lo dieron de alta.

Ese domingo lo fui a visitar a su casa, y vimos juntos el partido del Atlas. Era un encuentro en el que mi equipo jugaba contra el Pachuca por un pase para la Copa Libertadores. Para el final del primer tiempo iban perdiendo por tres goles, sin embargo, el Atlas, milagrosamente, logró empatar y hacer que el juego se decidiera en penales. Mi papá se veía repuesto, había recuperado el tono natural de su piel y una complexión más saludable. Tenía buen ánimo a pesar de todas las restricciones a las que estaba sujeto.

—Yo conocí al Atlas cuando te conocí a ti, bueno, desde que tú le vas, con eso que te da por moverte siempre fuera de los estándares y lo convencional. Pero bueno, si tú te vuelves finlandés, yo me volveré también finlandés— me dijo al finalizar la sesión.

Es la vez que más he disfrutado ver perder a mi equipo de fútbol.